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21 mayo 2018

El mundo del espejo

El mundo del espejo es un mundo extraño.

En él nos vemos a nosotros; vemos como se nos presenta una imagen, espejada, de la realidad. Vemos a través de su marco aquella realidad que deseamos escudriñar.

Es como algo mágico; miras en una dirección y allí está el mundo que esperas ver, invertido, como si los cepillos de dientes se apresuraran a actuar ante nuestra mirada, como si estuviesen allí sólo para nosotros, esperando satisfacernos. Pero, ¿somos nosotros la imagen reflejada, o somos sólo el reflejo que no quiere despertar?

Un saludo,
Morpheus

13 mayo 2018

Diagonal

Llegaba tarde; se había dormido, como otras tantas veces. Redujo la velocidad a medida que se acercaba a aquellas escaleras. Otro día más descendiendo a los infiernos. Al menos aquél calor tan asfixiante le despertó.

Pasaron cinco minutos y el tren se detuvo en el andén. Automáticamente pulsó el botón que abría la puerta y se introdujo en aquél vagón. Tuvo suerte; había un asiento libre. Se sentó y se dejó llevar por el traqueteo y el ruido, a veces ensordecedor, del metro en movimiento.

Estaba cansado; a penas podía articular un pensamiento, por lo que simplemente se dedicó a observar a los pasajeros que subían... y bajaban... subían... y bajaban... La insustancialidad de aquél baile urbano le hizo esbozar una sonrisa. Estaban todos locos, pensó, al acordarse de aquella película: "Tenemos trabajos que detestamos para pagar aquello que no necesitamos". ¡Cuánta razón!

Inmerso en sus pensamientos, pronto se dio cuenta de que estaba perdiendo la noción del tiempo. ¿Cuánto llevaba allí? Estaba tan cansado que hubiese dicho que era una eternidad.

El metro volvió a detenerse. Diagonal. Gente subiendo, gente bajando. Volvió a ponerse en marcha. Las ruedas del tren rozando con las vías. Otra vez ruido ensordecer. El metro subía ligeramente y volvía a bajar. Continuaba su camino. Volvió a detenerse. Gente subiendo, gente bajando. Volvía a ponerse en marcha.

Dilatación temporal, pensó. Cuando más aburrido, más denso es el tiempo; cuando más divertido, se escapa. Todo es relativo, excepto la velocidad de la luz. ¡Maldito Einstein! ¡Llego tarde!

El metro se detuvo. Diagonal. Gente subiendo, gente bajando. Volvía a ponerse en marcha. La misma gente anónima, distinta gente anónima. Tantísima gente y sin aire acondicionado; se asfixiaba.

Volvió a fijarse en la gente. Nadie hablaba. Todo el mundo tenía puesta la vista en las pantallas de su móvil. Se rió. Marx hablaba de la alienación del trabajo; se revolvería en su tumba si conociese la alienación provocada por el instrumento popularizado por el mago del capital, el señor Jobs, el de la manzana que curaba el cáncer.

El metro se detuvo otra vez. Diagonal. Gente bajando, gente subiendo. Dilatación temporal. El tren se ponía de nuevo en marcha. Ruido ensordecedor. Subía primero, bajaba después.

El trayecto se le estaba haciendo eterno. Llegaría empapado en sudor al trabajo.

El metro se detuvo. Diagonal. Gente bajando. Nadie subía. El tren se ponía de nuevo en marcha, esta vez más ligero. Sintió que podía respirar mejor.

Miró el reloj. Solo había pasado un minuto. Dilatación temporal. Todo es relativo. Llegaría a tiempo al trabajo. Habían avanzado varias paradas en menos de un minuto. Justificaba de sobras los vaivenes y el ruido ensordecedor.

Frenaban. Llegaba a Diagonal; le quedaba sólo una parada. Al fin podría salir de los fosos de la urbe. Se pusieron en marcha otra vez. Nadie había bajado, subió mucha gente. Subieron y bajaron. Se asfixiaba otra vez.

Finalmente el metro se detuvo. De manera casi instintiva se levantó y se dirigió a la puerta. Pulsó el botón y salió. Diagonal. Se dirigió hacia la salida y...

¡Un momento! Estaba en Diagonal. No era posible. Se debía haber confundido.

Cuando se giró para volver a introducirse en el vagón, este ya había cerrado sus puertas. El metro ya iniciaba la marcha.

Esperó dos minutos. Llegaba tarde. Estaba en Diagonal; quedaba una parada.

El siguiente metro se detuvo. Se subió a él. Nadie bajaba. Sentía una sensación de opresión. Las puertas se cerraron; se pusieron en marcha. El calor le aplastaba; no podía respirar. Sólo quedaba una parada. Subieron y bajaron. Ruido ensordecedor.

El vagón se detuvo. Diagonal, leyó. No podía ser. Salió corriendo del vagón. No podía ser. Dilatación temporal. Curvatura del tejido espacio-tiempo. Confusión; miedo. Había pasado un minuto.

Subió las escaleras tan rápido como pudo. El calor le aplastaba. Necesitaba respirar. Se sentó.

El vagón se detuvo. Diagonal. Gente bajando, gente subiendo. Le miraban. "Únete a nosotros", decían. Pánico. No podía ser real. Disociación.

Todos se acercaban hacia él. Lo sujetaron. Gritaba con todas sus fuerzas. "Únete a nosotros", decían. Él mordía, pataleaba y escupía. Le agarraron del pelo. Vio una aguja. Lloraba y pataleaba. Perdía mechones de pelo por tratar de escapar. Oscuridad.

Llegaba tarde, como otras tantas veces...

Sujeto: 234.
Resultados tras la inoculación: Inconcluyentes.
Efectos en el sujeto: Agresividad, rabia, instintos asesinos, delirios, disociación, paranoia.
Próximo destino del sujeto: Baja forzosa; desconexión del sistema.
Indicaciones sobre el estudio: Continuar con el desarrollo de las pruebas del virus ApatíaC2V33.
Motivo del cierre del expediente del sujeto: Cese provocado de la actividad biológica por desconexión del sistema.
Reality Inc.

Un saludo,
Morpheus

07 mayo 2018

Multiverso

Esto da un poco de vergüencita, pero os daré un poco de contexto.

Hace ya tiempo, un día, al volver a casa tarde entre semana, cogí uno de los últimos ferrocarriles que me llevaban a casa, de la línea S8, que acaba en Martorell. Estaba sentado y, como podréis leer a continuación, entró una chica en el vagón que me llamó la atención y se sentó enfrente de mi. La verdad es que no pude parar de mirarla discretamente durante todo el viaje, pero aún así fui incapaz de decirle nada; era tarde y no quería asustarla, me dije como excusa.

Por aquella época yo me entretenía a menudo viendo charlas del TED y estaba acudiendo a unos coloquios de filosofía, por lo que la temática relativística y sobre la realidad la tenía algo fresca. De esta forma, al llegar a casa, y maldiciendo mi timidez, no pude evitar ponerme a escribir, y salió el texto que veis aquí abajo.

Si alguien la conoce, decidle que hace tiempo un tío tímido le escribió una poesía.

Curiosa la física cuántica...

Entras en el vagón y te sientas delante de mí. Te observo, modificando tu estado.

Llevas un jersey oscuro, bufanda granate, diadema blanca, tejanos azules y botas de montaña, a juego con tu mochila.

Me proporcionas datos.

Hago hipótesis sobre ti.

Tu pelo, moreno y alborotado, me indican que estás más pendiente de tu vida que de tu aspecto, y que la vives intensamente.

Sacas un libro y te pones a leer.

Tus botas y tu mochila me cuentan que te gusta la montaña; tus manos, delicadas, que pese a ello, pasas más tiempo lejos de ella de lo que te gustaría, pero te proporciona el placer de acariciar las letras de un libro, como haces ahora.

Tu jersey de lana, como tu bufanda, me cuentan que vienes de un lugar frío, quizás de algún hogar que se esfuerza en alcanzar la cima de alguna colina, pero tú no la temes; vas preparada.

Tus colgantes y tu casi oculta pulsera me hablan de tu espíritu aventurero y de lo que te apasiona.

Uno de tus colgantes, que parece la punta de una flecha de piedra, me habla de tu interés por las ferias medievales. Otro, parecido a un símbolo celta, me habla de tu atracción por la iconografía, la simbología y mitología de tiempos pretéritos.

Finalmente, la moneda agujereada que llevas colgada me habla del interés que sientes por la cultura y la filosofía oriental, como esa moneda, de origen chino.

En un alarde de coraje, me levanto y me pongo a hablar contigo de mis hipótesis sobre ti y cuánto voy errado; sobre tus intereses y los míos durante lo que queda de trayecto.

Seguimos en contacto y nos convertimos en los mejores amigos, o quizás amantes; nos dejamos de soportar o no indeterminísticamente.

Que curiosa la física cuántica...

Eso ha pasado y pasará, pero tampoco lo hará. No en este universo. Porque en este, he sido incapaz de levantarme a hablarte. He cogido mis cosas y he salido del tren que te llevaba a casa, al universo donde nos conocíamos.

Sin embargo, no pasa nada, porque a través de las trazas del multiverso, de las partículas subatómicas que al otro lado se agitan como en este, puedo sentir el amor cuántico que lo atraviesa.

Un saludo,
Morpheus

18 marzo 2014

La Maldición de Elonus (VIII)

Aquí tenéis el último capítulo de este relato. Espero que lo hayáis disfrutado.

En él he depositado una parte de mi corazoncito, lo cual se ha traducido en muchas metáforas y algunos símbolos. Espero ver cuales son vuestras ideas en los comentarios. :P

Sin más dilación os dejo con el desenlace de La Maldición de Elonus.


Grunh luchó valerosamente y venció al dragón sólo para darse cuenta de que a quien había dado muerte era a su abuelo. Tras ello, salió fuera del castillo, me dijo que me marchara y volvió a su interior para dar sepultura a su abuelo en una gran sala, con mucho otros héroes del pasado.

Vi como Grunh se acercó a un libro, escribió su nombre y puso fin a su vida conocida, sacrificando su alma, su cordura, su humanidad, para convertirse en un dragón, cada vez menos racional, cada vez más cruel, cada vez más vengativo.

Una llamarada cubrió las imágenes y, al disiparse, vi como, siglos atrás, unas asustada gentes de Elonus decidieron realizar un pacto con los dioses. Lo hicieron para proteger sus casa, sus hijos, su modo de vida y evitar así ser castigados.

Otra llamarada surgió en el reflejo y, entonces, me vi a mí, marchándome de allí. Vi lo que le ocurriría a Elonus si me marchaba; vi como sería reducida a cenizas. Entonces me volvía a ver a mí, escribiendo mi nombre bajo el de Grunh, convirtiéndome en un dragón y perdiendo mi humanidad día tras día.

Tras una última llamarada, la superficie del espejo pareció derretirse, dejando un umbral tras el cual se encontraba un atril con el libro que sellaba el pacto con los dioses.

Me volví hacia el cuerpo inerte de Grunh y lo abracé otra vez. Ahora sabía por todo el sufrimiento que había pasado. Entonces, la ira creció en mí.

¿Por qué lo había hecho? Él se merecía mucho más. Era injusto que tuviese que pagar por unas gentes incapaces de afrontar su responsabilidad. Unas gentes que ni siquiera les importaba el sacrificio que tuvieron que hacer tantas buenas personas; personas que no habían sido reconocidas por ellos. ¡Habían cometido hasta la arrogancia de olvidarles!

"El mundo necesita héroes."

Cuando el recuerdo de las últimas palabras de Grunh resonaron en mi cabeza, fue como un mazazo.

Cubrí el cuerpo de Grunh con una manta, recogí su espada y me dirigí a la planta inferior. Allí encontré la estancia donde se encontraban los héroes del pasado.

Me dirigí al fondo de la estancia, donde quedaban los dos últimos sarcófagos vacíos. Por suerte, parecía que la maldición estaba a punto de tocar a su fin.

Dejé a Grunh en uno de los sarcófagos, junto a su espada. Tenía una expresión serena, de paz.

- Descansa en paz - dije -. Has sido mi mentor, mi hermano mayor, mi padre. Nunca te olvidaré. Nos veremos pronto.

Con lágrimas en los ojos, cerré el sarcófago.

Salí de la cripta y me dirigí al salón principal. Allí me situé delante del libro, cogí la pluma que se encontraba al pie de este y aguardé unos instantes.

"Nadie más puede hacerlo. Si no hago esto, Elonus y sus gentes serán masacrados. Soy un héroe."

Escribí mi nombre bajo el de Grunh. Al acabar, la tinta brilló con una luz cegadora durante unos instantes.

Me retiré unos pasos, los suficientes para quedar detrás del umbral formado por el espejo. Tras cruzarlo, la superficie de este volvió a recomponerse y me vi reflejado en él; fue la última vez. Unos segundos más tarde empezó la transformación.

Sentí como todo mi cuerpo ardía. Un dolor punzante apareció en mi espalda; pocos segundos más tarde, me surgieron unas alas. Mi piel empezó a cuartearse. Mi cuerpo cada vez se hacía más grande. Mis manos y mis pies se convirtieron en garras. Todo me daba vueltas.

Cuando acabó, alcé la vista y vi un dragón en el espejo. Esta vez no era una ilusión; era yo. Lancé una llamarada contra el espejo, que se tornó del color de la obsidiana; no soportaba verme reflejado.

Esa es mi historia. Esa es la historia de la maldición de Elonus. Ahora soy un dragón, aquello que siempre deseé destruir. Mi alma se pudrirá, convirtiéndome en una bestia sin corazón, sacrificando mi ser para salvar Elonus.

No me importa.

EL MUNDO NECESITA HÉROES

FIN

11 marzo 2014

La Maldición de Elonus (VII)

- ¡Grunh! - grité en cuanto vi su cuerpo, al tiempo que me acercaba a él.

Le cogí y lo recosté contra mi pecho. Alzó la vista para verme y, con dificultad, me dijo:

- No... deberías... haber... venido...

- Lo sé, pero no podía...

- El... el... espejo... - me interrumpió mientras señalaba a una parte de la estancia - Estoy... orgulloso de... de... ti. Lástima... lástima que... hayas venido... Eres un... héroe...

Y entonces, exhaló.

¿Por qué? ¿Qué había pasado?

Una miríada de preguntas se agolpaban en mi cabeza y no podía dar respuesta a ninguna de ellas.

Tras unos instantes de profunda tristeza, ira y pensamientos dubitativos, me fijé en el espejo que había mencionado Grunh.

Había pasado desapercibido, pues una gran capa de polvo cubría su superficie pulida. Tras limpiar un poco el espejo, un reflejo de luz sobre la superficie apareció, sin reflejar imagen alguna. Tras unos instantes, el color de la superficie empezó a aclararse.

Entonces apareció. Era la cabeza de un dragón, que, a través del reflejó, escupió una llamarada, dejando sólo una estela de llamas en él. Cuando se disiparon, pude ver lo que ocurrió aquí hacía casi veinticinco años.

04 marzo 2014

La Maldición de Elonus (VI)

Hace más de dos mil quinientos años, el señor de la envidia y la muerte, Guland, inició una guerra contra el resto de los dioses para hacerse con el control de la existencia. Para ello, Guland envió a sus huestes lideradas por su heraldo, Janus. Esta guerra duró mil años, y se la conoce como la Edad Oscura.

Al final de la guerra, Janus se refugió en un pequeño pueblo al pie de una montaña, Elonus. Sin embargo, el paladín de Odín, el dios que le estaba ganando la partida a Guland para devolver el equilibrio a la existencia, lo encontró y lo expulsó hacia la región de Artabo.

Cuando la guerra finalmente acabó y Janus fue encerrado, desactivando el poder de Guland, los dioses no pudieron pasar por alto la colaboración de Elonus. Los habitantes de Elonus suplicaron por sus vidas, sus tierras y su legado; estas suplicas fueron escuchadas por los dioses y, en vez de destruir la región, aplicaron otra medida.

Como castigo, los habitantes de Elonus tendrían que sufrir calamidades, a menos que entregasen el alma pura de una persona bondadosa, que deberá sufrir y absorber el mal que no sufra Elonus.

Los habitantes aceptaron el trato, y el primer héroe que se ofreció fue el escudero del señor de Elonus.

Sin embargo, era un trato envenenado.

25 febrero 2014

La Maldición de Elonus (V)

Volvía a nevar como aquel día. Parecía que el destino también recordaba lo mismo que yo, y sabía lo que iba a ocurrir.

Me paré delante de la puerta del castillo y comprobé que continuaba igual de cerrada. Años antes había intentado entrar, pero la imposibilidad de abrir la puerta y encontrar una manera de entrar sencilla, junto con la promesa que le hice a Grunh, me hicieron desistir. Esta vez no iba a ser igual.

Previendo esta posibilidad, me había puesto en contacto con unos amigos del Gremio de Dronda, que me consiguieron una varita capaz de abrir puertas. La saqué de mi mochila, la observé y toqué con ella la puerta al tiempo que pronunciaba la palabra de mando tal y como me habían enseñado. Con un fuerte crujido, la puerta se abrió.

Me adentré en el castillo, al tiempo que desenvainaba mi espada. Si había un dragón, pagaría por lo que le hizo a Grunh.

Me abrí paso a través de un pasillo que parecía haber vivido un centenar de batallas: mesas, cuadros y otros objetos de decoración rotos, algunos de ellos semi-calcinados; hollín, golpes y arañazos en la pared.

Sin embargo, me di cuenta de que algunos de esos arañazos no eran legados de la batalla, sino inscripciones: "Vete de aquí", "No te acerques", "Huye".

Continué avanzando a través del pasillo.

"No encontrarás lo que buscas", "Sólo te espera tu perdición", "Necios aquellos que se acerquen", "El dragón no desaparecerá".

Finalmente llegué a una gran estancia que parecía haber sido un bonito salón hacía una eternidad. En aquél momento, sólo era una estancia cubierta de huesos; restos de animales devorados.

Cuando me adentré en la estancia, oí algo encima de mí. Miré hacia arriba y, entonces, una sombra gigantesca se abalanzó sobre mí. La rechacé y nos quedamos mirándonos cara a cara; era el dragón que mató a Grunh. Por lo menos Grunh había hecho pagar muy cara su vida, pues el dragón lucía una cicatriz que recorría su ojo izquierdo. Me abalancé sobre él.

Se produjo una lucha feroz que se alargó casi una hora; cuando yo estaba prácticamente agotado, desarmado en el suelo y aguardando mi muerte, noté como, entre los huesos que cubrían el suelo como una alfombra, se encontraba una espada de tacto helado. Cuando finalmente el dragón se acercó para darme el último golpe, mirándome con ese ojo casi inyectado en sangre, yo alcé la espada del suelo y la dirigí a su indefenso abdomen, haciéndole una herida gemela a la de la cicatriz que tenía en su costado derecho. El dragón profirió un rugido ensordecedor al tiempo que se retiraba. Un río de sangre brotaba de la herida, extinguiendo su aliento; se desplomó en el suelo.

Me levanté y me acerqué a recoger la espada que me había dado la victoria y apagado mi sed de venganza; cuando me di cuenta de que la empuñadura era la de la espada de Grunh, me reí, exultante. Sin embargo, esa sensación duró poco.

Cuando me disponía a extraer la espada del cuerpo inerte del dragón, este abrió su ojo derecho pesadamente, y su cuerpo empezó a brillar. Instintivamente me aparte, pero enseguida vi que no estaba en peligro; el dragón se estaba transformando.

Al cesar la luz, lo que quedó fue el cuerpo desnudo de un hombre de avanzada edad.

18 febrero 2014

La Maldición de Elonus (IV)

Habían pasado veinticinco años desde que vi a Grunh por última vez en aquella montaña. Aún recordaba aquél fatídico día.

Estuve varias horas bajo la nieve que iba cayendo, cubriendo poco a poco el suelo con su manto, al tiempo que trataba de aislarme de algunos sonidos de lucha que a veces surgían del interior del castillo y que encabritaban a los caballos. Fueron las tres horas más largas de mi vida, hasta que, finalmente, Grunh salió del castillo.

Corrí hacia él. Entonces me percaté de su caminar y de la herida en su costado derecho, que cubría con su mano izquierda ensangrentada. Cuando por fin llegué hasta él, se dejó caer sobre sus rodillas.

- Hijo, quiero que te vayas de aquí, y no vuelvas nunca.

- ¡Pero estás herido! Y... el dragón, ¿lo has matado?

- Ni yo ni el dragón importamos ahora, lo que importa es que te marches y...

- ¡Ni hablar! ¡No voy a dejarte aquí herido!

En aquél momento me abofeteó.

- Chico, escúchame... - me dijo mientras ponía su mano derecha sobre mi enrojecida mejilla - Tengo que seguir con esto,y tú tienes que convertirte en un gran hombre; un gran hombre que ayude a los necesitados. Recuerda: el mundo necesita héroes, y tú serás uno de ellos. Tú eres mi legado. Y quiero que me prometas que te irás de aquí sin mí, crecerás, te harás un hombre, ayudarás a los demás y nunca, NUNCA, volverás aquí ni entrarás en este castillo. ¡¿Entendido?!

- Sí... - dije entre sollozos.

- Di que lo prometes.

- L-lo... prometo.

En aquél momento me abrazó y noté su sangre caer por su costado.

- Te quiero, hijo – dijo mientras se separaba de mí y me miraba con su ojo derecho. Nunca olvidaré esa mirada de decisión -. Ahora, ¡huye! ¡Márchate! ¡Y no vuelvas!

Me di media vuelta y me marché. Cuando subí encima del caballo, vi como Grunh se levantaba pesadamente, entraba en el castillo y cerraba el portón tras de sí.

Esa fue la última vez que le vi. Y ahora, veinticinco años más tarde, estaba aquí para romper la última promesa que le hice.

11 febrero 2014

La Maldición de Elonus (III)

- Ese dragón lleva aquí desde la Edad Oscura, hace ya más de mil quinientos años - dijo Grunh, mientras se acercaba la jarra de hidromiel a su boca y tomaba un sorbo -. Por lo que sé, han sido muchos quienes han intentado vencer al dragón a lo largo de la historia, pero, de momento, nadie ha conseguido vencerle.

- ¿Cómo sabes todo eso? - pregunté, con la curiosidad de un crío.

- Mi abuelo me habló de ello cuando era pequeño... justo antes de venir aquí y luchar contra él...

Se hizo el silencio entre nosotros dos, como si el mundo se hubiese apagado a nuestro alrededor pese a la algarabía que había en la mal iluminada posada donde nos alojábamos.

Normalmente Grunh conseguía que la gente que se enteraba de sus intenciones le acogiesen como su huésped y posible salvador, pese a que Grunh siempre trataba de evitar eso. Esta vez ni tan siquiera quiso informarse, ni comentó con nadie sus intenciones; incluso quiso la mesa y la habitación más apartada para evitar escuchas indiscretas. Estaba claro que este era un trabajo totalmente diferente.

- Acábate eso - dijo después de vaciar su jarra -. Mañana será un día largo. Quiero que dejes todo listo para viajar. Seguramente no volveremos a hacer noche aquí. ¿Entendido?

- S-s-s..¡Sí!

Al día siguiente nos dirigimos al castillo de Elonus, en lo alto de la montaña a los pies de la cual se encontraba el propio Elonus.

Era una mañana fría, y las nubes negras que se acercaban auguraban una tormenta o una ventisca.

Cuando por fin llegamos hasta el castillo, ya casi era mediodía y todo parecía tranquilo.

Grunh desmontó del caballo y empezó a sacar su armadura de las alforjas. Yo hice lo mismo. Cuando ya estaba todo fuera y me dispuse a ayudarle, como siempre, rompió el silencio:

- Esta vez no quiero que me acompañes. Mantente resguardado y ni si te ocurra entrar a ayudarme, pase lo que pase, oigas lo que oigas y veas lo que veas. ¿He hablado claro?

- Sí - dije, lacónico.

- Muy bien. En caso de que no vuelva al anochecer, quiero que cojas los caballos y te marches. En las alforjas encontrarás mi bolsa con dinero; úsalo bien. Te he enseñado los suficiente como para que te puedas valer por ti mismo, y eso espero que hagas...

- Pero... Grunh - dije, casi lloroso -, ¿no vas a volver?

- Quisiera hacerlo, pero sería ingenuo por mi parte pensar que yo seré el primero que consigue derrotar al dragón y salir airoso; por ello, quiero que sepas lo que tienes que hacer si no vuelvo.

- ¿Y por qué no lo dejas? - dije entre lágrimas - Has dado mucho a la gente, ¡¿no te mereces descansar?!

- Hijo... agradezco tu preocupación, y todo tu cariño. Eres lo más parecido a un hijo que he tenido... Pero el mundo necesita héroes. Así que enjuágate esas lágrimas y ayúdame a ponerme esto.

Le ayudé a ponerse la última pieza de la armadura, y le di mi último abrazo. Cuando nos separamos, me miró y, sin decir nada, se dirigió hacia la puerta, la abrió pesadamente, desenvainó su espada y entró.

Recuerdo que en aquél momento empezó a nevar.

04 febrero 2014

La Maldición de Elonus (II)

Han pasado muchos años desde aquello. Creí que lo tenía superado. Me equivoqué.

"En las afueras de Elonus ha empezado a desaparecer ganado."

"La gente está asustada."

"Cuentan que hay una bestia en Elonus."

"Se trata de un dragón..."

La primera vez que oí que se trataba de un dragón, la cuchara que me estaba llevando a la boca se me resbaló.

¿Un dragón? No podía ser; Grunh se había encargado de él. Ello le costó la vida, pero lo hizo. Nunca había fallado luchando contra el mal. ¿Podía ser que esta fuese la primera y última vez que lo hizo?

No, no podía ser... En años no se había vuelto a saber nada del dragón. Pero... era cierto que nadie se había acercado a comprobarlo; aún pesaban muchas supersticiones sobre el castillo.

Cuando yo traté de hacerlo, hace unos años, me fue imposible entrar: la puerta estaba cerrada a cal y canto, inquebrantable ante un ariete, y ni grietas ni ventanas lo suficientemente bajas pude encontrar que me granjearan un salvoconducto a su interior. Todo parecía tranquilo, demasiado tranquilo; sin embargo, tras varios días esperando algo, nada sucedió, y me marché. "Grunh no pudo haber fallado. Él era incapaz de hacerlo.", pensé.

Ahora, todo mi interior parecía un hervidero.

Recogí mis cosas, pagué mi estancia y me dirigí a los establos; ensillé mi caballo y salí al encuentro de la tormentosa y gélida noche sobre él.

¿Por qué? ¿Por qué tuviste que desaparecer de mi vida? ¿De verdad tu sacrificio fue en vano? ¿Por qué no me hiciste caso y disfrutaste de tu vida, de la que te habías ganado? ¿Por qué no continuaste siendo el padre y mentor que fuiste para mí?

Agradecí la lluvia, pues mis lágrimas se perdían en ella.

- Lo siento mucho, Grunh, pero tendré que romper mi promesa. Espero que, estés donde estés, me perdones.

28 enero 2014

La Maldición de Elonus (I)

¡Toc, toc! ¿Hay alguien ahí?

Después de más de un año ausente, vuelvo a la carga con el blog. Ha sido un año largo y me han pasado muchas cosas, pero eso ya será tratado en otra entrada, si es que se ha de tratar.

Por el momento, os quiero dejar con un relato que empecé a escribir hace un par de meses. No dije nada porque no quería publicar nada hasta que no estuviese acabado, pero ya lo está, así que aquí tenéis la primera entrega.

Iré publicando un capítulo cada martes. En total son 8, por lo que esto se prolongará un par de meses. ¡Así os dejo con la intriga! :P

Notaréis que hay momentos más descriptivos y otros más directos. Sé que no es el summum de la literatura, pero he tratado de centrarme en el sentimiento o imagen que tenía en la cabeza a cada momento, así que espero que me lo perdonéis.

Sin más dilación, empiezo con el relato. ¡Espero que os guste!


- Chico, nunca debes olvidar que a nadie le importa por qué lo haces y lo que sientes - sentenció Grunh -. Lo verdaderamente importante es por qué lo haces tú; y nosotros hacemos esto porque no queda nadie que pueda hacerlo.

- Pero siempre que libramos a un pueblo de los monstruos nos lo agradecen; se preocupan por nosotros - repliqué yo.

- Sí, pero no siempre puedes confiar en ello, y no debes basar tu deseo de luchar por el bien en la gratitud que te profesen los demás, o te llevarás un buen golpe... A veces, la raíz del mal que tenemos que combatir está fuera del pueblo, ajeno a todas esas personas que queremos proteger; pero otras veces el mal está entre ellos, dentro de las personas que aman y de las que jamás sospecharían; otras, es el mismo pueblo quien ha acabado originando el mal. Cuando eso ocurre, y tienes que acabar con ello, la actitud de la gente no es de gratitud, sino más bien al contrario... - frenó su caballo, y yo el mío - Ya hemos llegado.

No me había dado cuenta, pero habíamos llegado a las afueras de un pequeño pueblo rodeado de prados y cultivos; sin embargo, tras él se alzaba un gran risco, y en la cima, casi a punto de despeñarse, un castillo de piedra blanca.

- ¿Qué nos trae por aquí, Grunh? - pregunté, con curiosidad.

- Un dragón – dijo con voz queda.

Aún recuerdo su expresión. Grunh siempre había sido un hombre que inspiraba confianza y respeto. La cicatriz que cruzaba su cara, que le había hecho perder su ojo izquierdo muchos años antes de que yo naciese, reforzaba ese aspecto. Sin embargo, en aquél momento pude apreciar que tras aquella mirada de decisión había un atisbo de preocupación y, de repente, pareció vislumbrarse aquél hombre que se acercaba a la cincuentena.

- Vamos, chico. Tras esto me habré ganado el Valhalla.

Y nos adentramos en el pueblo con nuestros caballos. Lo que yo no sabía en aquél momento es que aquella iba a ser la última noche con el hombre que me rescató de la jauría de hombres-lobo que devoraron a mis padres.

11 julio 2007

Historia corriente, Vida anónima

Hoy me ha dado por escribir. Me ha venido una frase a la cabeza, ideal para un pequeño relato, y necesitaba continuar esa frase, no tenía ganas de dejarla en el montón de pudo ser y no fue, y así he echo.

Vale, sé que debería reservar mi creatividad para el relato encadenado, pero es que hoy tenía la necesidad de escribir...

Pues bien, el resultado es el siguiente. Espero que os guste:

Historia corriente, Vida anónima

Y pulsando al botón rojo cerró la ventana. Cerró la ventana a aquél mundo de comunicación, a aquél mundo en el que no era juzgado, en el que tenía algo que decir, y en el que habría alguien que le escuchase e intentara entenderle.

Apagó el ordenador.

Al día siguiente tenía que levantarse pronto para ir al instituto. Tenía que levantarse pronto para despertar en un mundo sin lazos, donde las personas estaban separadas, unas de otras, por invisibles distancias kilométricas; dónde había soledad dentro de una muchedumbre. Dónde no podía encontrar nada más que una vía hacia la autodestrucción, hacia la indeterminación, hacia un mundo que se empeñaba a cada momento en desarraigarle de su personalidad, de su ya débil autoestima.

Se echó las sabanas encima y cerró los ojos con fuerza, a la par que dejaba caer una lágrima sobre su almohada, dónde siempre lo hacía, noche tras noche, mientras pensaba en lo doloroso de su existencia, en “otro mísero día de existencia”.

Soñó que sus padres estaban en casa, que le escuchaban, que se interesaban por él. Luego también soñó en que tenía el suficiente valor para interrelacionarse con los demás, que era aceptado, y que no era aquél bicho raro. También soñó que una chica le había dicho que le tenía cariño, y se acercaba a él, con lentitud, mientras él observa aquellos bellos labios, a punto de besarle, y que ya estaban a punto de llegar...

Y sonó el despertador. Uno de sus grandes enemigos. Como otras veces, maldijo la exactitud del despertador para elegir los mejores momentos de sus sueños, de aquello que nunca antes había tenido.

Desayunó un zumo y una tostada y se marchó. Llegaba tarde, así que aceleró el paso, aunque sabía que no serviría de nada, y que tendría que soportar otra bronca de su cuarentona y amargada tutora.

Llegaba diez minutos tarde y entró corriendo. Dobló la esquina del polideportivo y chocó contra una mole de metro ochenta, que se giró y le miró:

- ¡¿Que haces, gilipollas?! ¡¡¡Mira por donde vas!!! - espetó aquella mole de voz suficientemente conocida por él -. Te tendré que enseñar a pedir perdón...

Él se levantó, cogió sus cosas, y aceleró hacía el edificio donde se encontraban las clases.

- ¿Dónde vas, acaso tienes miedo? - dijo entre carcajadas, aquella mole de espíritu putrefacto -. ¡Luego nos veremos! ¡No lo olvides!

Él se puso a correr, a la vez que empezaban a inundársele los ojos de lágrimas y mientras decía para sus adentros:

Perfecto, hoy volveré a casa con más morados

Tres meses más tarde...

Había cogido un cuchillo de su cocina, estaba bien afilado (las cicatrices en sus muñecas podían dar buena cuenta de ello) y se lo había guardado en la mochila. Luego, en mitad de clase, mientras el profesor había salido a buscar una tiza para escribir otra se sus soporíferas clases en la pizarra, lo había sacado, y se había dirigido hacia aquella mole de metro ochenta, que durante tanto tiempo lo había martirizado, y por la espalda le asestó cuatro puñaladas.

Todos chillaron, se apartaron, e incluso huyeron del aula.

Empezó a escupir sangre por la boca. Sus pulmones tardarían pocos segundos más en inundárseles de sangre, cosa que le impediría respirar y le produciría un gran dolor. Para él sería suficiente recompensa.

Un rayo le despertó. Otra vez algo le había privado de un maravilloso sueño.

Era un lluvioso sábado. Hoy no tendría que soportar su particular castigo por ser diferente a los demás.

Notó un pinchazo en su muñeca. Se había abierto la herida, y pronto empezó a brotar un fino hilo de sangre que caía a través de sus brazos y saltaba en forma de gotas a su rostro.

La tarde anterior no tuvo el valor para apretar lo suficiente el cuchillo contra su muñeca. Tendría que soportar otro día más de sufrimiento.

Un saludo,
Morpheus