17 septiembre 2019

A la sombra que me acecha

Hace tiempo que me rondas.

Me abres las cicatrices para que no olvide el dolor de mis heridas pasadas. Me enajenas con tus susurros ponzoñosos y yo me adentro, más y más, en lo más profundo de tu oscuridad, pero sigo sin hacer pie.

Me dices que no, que no es suficiente; que yo no tengo derecho a ser feliz, que ya no quedan ilusiones para el último de la fila, y me llenas de dudas por sistema. Que mi sino es ser Sísifo en pleno siglo XXI, y que mi camino es plutónico. Que mi lugar es cualquier otro, y mi tiempo distinto del ahora.

Y yo que no puedo... acato tu estado de desecho a pies juntillas, descuartizando alegrías. Y sintiéndome atómico, me cubro las branquias con pétalos de más de doce inviernos, sabiéndome errado. Que siendo siempre el reflejo ausente en el espejo, sólo merezco cátedra en el abismo, porque mi vela se consume y sólo he alumbrado monstruos.

Pero estoy harto de sentir las caricias ausentes como tu mano gélida recorriéndome el diafragma. De desangrar esperanzas y abortar sueños de un mañana mejor. De alcanzar metas que sólo saben a amargura y a whisky barato. De mirar al cielo, derrotado en el fango, y preguntarme por qué todas las putas nubes que habían de servirme para construir mis sueños decidieron convertirse en tormenta. Y aborrezco tu perfume de miedo que impregna cada jodido átomo de oxígeno que respiro; el sentir cangrejos en mis entrañas cuando pienso en el futuro.

Así que me marcho de este campo de fracasos antipersona. Que ahora seré yo quien le dará los dados cargados a la vida para que los lance contra mí; porque he encontrado una tarjeta de crédito verde, y pienso utilizarla. Porque voy a recuperar esa llave que custodias y que abre la jaula de ese crío que nunca lo fue y que tanto necesita consuelo.

Soplan aires de tormenta y me preparo para la batalla contra ti y todos tus puñeteros espectros; porque ya no voy a ser diente de león al merced tus vientos, sinó olivo, nudoso y retorcido, impasible ante la tempestad de tus palabras. Y oleré, entonces, otra vez la tierra mojada y el pino; y sí, por fin a cosas vivas.

Un saludo,
Morpheus